El cine nació como ilusión, pero se convirtió en una forma de pensar. No vemos películas: pensamos con ellas. Una luz que revela fragilidad, un encuadre que encierra una conciencia, un silencio que es más elocuente que cualquier diálogo. Allí reside la verdadera experiencia cinematográfica: en lo que no se dice, pero permanece.
Las películas que importan no se consumen, se habitan. No están en listas de recomendaciones: aparecen como hallazgos, grietas de memoria, secretos compartidos entre quienes han aprendido a mirar. El cine no explica: susurra. Por eso seguimos escribiendo sobre él, no para descifrarlo, sino para prolongar su resonancia.





Deja un comentario