Hay personajes que no fueron creados para llevar la espada, ni para besar a la doncella, ni para pronunciar en el último acto el monólogo que ilumina el sentido del mundo. Existen al lado, un paso más atrás, como esas figuras que en los cuadros clásicos sostienen una jarra de agua o miran hacia el horizonte sin nombre. A veces pensamos que están de relleno, pero son ellos quienes sostienen el cuadro, igual que algunos seres humanos sostienen la vida de los otros sin que su nombre figure jamás en los manuales.

Samwise Gamgee jamás tuvo un anillo, pero cargó con él cuando el héroe ya no pudo. Sancho Panza no escribió libros de caballería, pero puso los pies del caballero sobre la tierra para que no se perdiera del todo en los molinos. Horacio Oliveira no es secundario por subordinación, sino por fatiga existencial: prefiere la periferia, mirar desde el borde la geometría imposible de su propia vida. Watson escribe, observa, guarda. Sherlock Holmes resuelve crímenes; Watson resuelve la memoria. Son los personajes secundarios quienes, paradójicamente, recuerdan.

En El rey Lear, es Kent quien permanece cuando todos han muerto o enloquecido. No brilla, pero permanece. Y a veces permanecer es más difícil que brillar. Mientras el protagonista arde de tragedia, el secundario administra silencio, compasión, dignidad, esa fuerza discreta que no necesita confeti ni telón. Si el héroe representa la voluntad, el secundario es la conciencia.

El protagonista siempre está de paso; el secundario, en cambio, se queda. No porque el mundo dependa de él, sino porque representa otra forma de estar en el mundo: sin heroísmo aparente, sin pretensión, pero con una lealtad que abre grietas en la historia. No busca la gloria, sino la verdad. Ellos no miran desde el centro, sino desde los márgenes, donde se ve con más claridad.

Si alguno de nosotros fuese personaje literario, lo más probable es que no fuéramos Hamlet, ni Emma Bovary, ni el capitán Ahab. Seríamos quizá Kent, Sancho, Sam: discretos, constantes, testigos del naufragio y de la salvación. No moveríamos la trama, pero la sostendríamos. A veces el verdadero protagonista es quien nunca tendrá un primer plano. Y eso, en literatura como en la vida, es un arte.

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