Harpo Marx nació cuando el siglo aún no había decidido si el humor debía expresarse con palabras o con gestos. Él lo resolvió con una peluca pelirroja, un abrigo lleno de bolsillos imposibles y un silencio que no era quietud, sino lenguaje. Mientras sus hermanos discutían con frases afiladas, Harpo miraba, sonreía y desmontaba las normas con un juego de manos, un arpa o una simple bocina. Su mutismo no era una carencia, era un método. Observaba el mundo con un candor sospechoso, como si conociera un secreto en el que los demás no habían reparado.
En las películas dominadas por el diálogo, él parecía un intruso venido de otro arte. No pertenecía del todo al cine mudo, pero tampoco encajaba en la comedia hablada. Había encontrado un espacio intermedio, reservado a los que piensan antes de hablar, y a veces deciden no hacerlo. El silencio, en su caso, tenía un filo irónico. No pronunciaba una sola palabra y, sin embargo, cada gesto suyo dejaba al descubierto la impostura de los poderosos, la solemnidad de los discursos y la fragilidad de las convenciones. Actuaba como quien no entiende, aunque en realidad entiende demasiado.
En Una noche en la ópera, cuando todos persiguen contratos, favores y reputación, él se limita a abrir cajones, robar cubiertos, cortar cuerdas, crear desorden. Lo hace con aire distraído, como quien se ha perdido en la escena, cuando en realidad ha encontrado el único rincón desde el que la verdad se reconoce. En medio del bullicio, aparece su arpa. La comedia se detiene y aparece una calma inesperada. Parece una confesión sin palabras. Por un momento, el silencio provoca atención.
Harpo no luchaba con el lenguaje. Simplemente lo dejaba a un lado. Prefirió un idioma anterior, hecho de miradas, papeles doblados, abrazos repentinos, sobres robados con delicadeza y persecuciones absurdas. En ocasiones parecía un niño. En otras, un sabio cansado de explicaciones. No se comportaba como adulto, pero tampoco como bufón. Permanecía en ese lugar difuso donde el gesto convive con la intuición, y el humor deja de ser chiste para convertirse en sospecha.
Hoy, en su aniversario, resulta inevitable pensar en el ruido contemporáneo. Todo habla. Todo argumenta. Todo compite por ser oído. Harpo Marx sigue ahí, como una invitación a mirar antes de responder, a escuchar antes de opinar, a entender sin necesidad de explicarlo. Su personaje no buscaba entender el mundo, sino descubrir qué parte del mundo aún puede sorprendernos. Esa es su vigencia.
Siempre pareció distraído. En realidad, estaba prestando atención.




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